
Venezuela ensangrentada
JOSÉ DAVID GÓMEZ-LNP. Cuando Nicolás Maduro y sus secuaces se vieron frente a la necesidad de someterse a las elecciones sabían perfectamente que no tenían posibilidades de triunfo contra ninguna figura medianamente conocida de la oposición. Sabían que no tenían nada que hacer contra un pueblo extenuado por las penurias, por la represión, por el manipuleo de conciencias, por los efectos de un sistema que, simple y llanamente, no funciona, más que para quienes se han enriquecido salvajemente al manejo y la sombra del Poder.
Maduro y sus secuaces se vieron a sí mismos ante el pelotón de fusilamiento, como el coronel de cien años de soledad. Y sintieron pavor al pensar en toda la fortuna amasada durante estas idílicas décadas en Miraflores. Seguramente recordaron la frase lapidaria de su amigo nicaragüense, Tomás Borge: lo peor que nos puede pasar es perder el Poder…
Y se hizo la luz para ellos: —Podrán decirnos ladrones, asesinos, traidores, usurpadores, oligarcas… Podremos perder la vergüenza, los ideales, la decencia, todo, lo que quieran, menos perder el Poder, el Poder no, jamás.
Fue entonces cuando decidieron robarse las elecciones, no sin antes haberlas acomodado a su gusto y antojo, inhibiendo y persiguiendo a los candidatos más peligrosos para ellos. Olvidaron que cuando los pueblos han llegado a un punto de ebullición y cansancio, el candidato no importa, los ideales que éstos encarnan son los que importan, los que importan son el hambre y la sed de libertad inherentes a la naturaleza humana.
Quienes piensan que el fraude fue una idea producto del impulso, una acción instintiva, algo meramente accidental, se equivocan. Ellos consultaron, evaluaron, ponderaron, barajaron sus posibilidades e imposibilidades. Todo fue medido, pesado, auscultado. Todo fue valorado, imaginado, contemplado. Calcularon el alcance de sus acciones y exacciones y hasta la cantidad de muertos que tendrían que causar para hacer desistir a quienes protesten.
Al final, en su mente les quedó clara su situación, su futuro: no podían arriesgarse siquiera a perder el Poder… Si lo perdían, lo perderían todo, propiedades, dinero, mansiones, bonos, petróleo, joyas, amigos y la vida misma, porque cómo se puede vivir sin el Poder, cómo mantener el tren de vida al que están tan acostumbrados después de toda una existencia dedicada a disfrutar tales mieles en nombre del pueblo.
El fraude, pues, ha sido la salida a su debacle, la única que les quedaba, el camino más largo y solitario hacia el fin.





