Ortega y Murillo: se quedaron solos, Dalila y su Sansón

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Daniel Ortega y Rosario Murillo, la pareja presidencial de Nicaragua. (Foto tomada de ElPaís.cr).

Un Ortega acorralado y aislado, echa mano de la represión y la muerte para aferrarse al poder junto a su mujer.

Por Alonso Mejía. Director de LA NUEVA PRENSA.

Daniel Ortega y Rosario Murillo, la pareja presidencial de Nicaragua. (Foto tomada de ElPaís.cr).
Daniel Ortega y Rosario Murillo, la pareja presidencial de Nicaragua. (Foto tomada de ElPaís.cr).

En Nicaragua, el 30 de mayo se supone que es un día para celebrar, y no es para menos: es el Día de las Madres Nicaragüenses. Pero este 30 de mayo de 2018 quedará como un día negro, un día de luto, un día de llanto y dolor para las madres de una nación que desde el 18 de abril se ha rebelado contra el régimen autoritario del presidente Daniel Ortega Saavedra y de su esposa y vicepresidenta Rosario Murillo. A Ortega, quien fue presidente por primera vez en 1984 y en el poder desde 2007 cuando volvió a recuperarlo para reelegirse en las últimas tres elecciones, lo tomaron por sorpresa las protestas sin precedentes de estudiantes universitarios que han desafiado el control que ejercía el mandatario. Hasta ese memorable e insospechado 18 de abril.

Desde esa fecha para acá, Ortega ya no puede ufanarse de mantener el control que fue tejiendo, con la tenaz y omnipresente influencia de su esotérica mujer, de todos los poderes del Estado. Pero acorralado y aislado por la comunidad internacional, optó este día de las madres una vez más -como lo ha hecho desde el inicio de las protestas-, por enfrentar la crisis con represión y muerte a la indefensa población que ha acuerpado a los universitarios, y que a estas alturas no sólo ha pedido justicia por las ya casi cien ejecuciones que han llevado a cabo la Policía Nacional y los cuerpos paramilitares del Gobierno, sino que ha exigido la renuncia del mandatario, quien hubiera pasado a la historia como un presidente reconciliador en épocas de paz, pero lo tentó la silla presidencial, y decidió quedarse una vez más en el poder…y otra vez…

Obsecado, Ortega se aferra al poder, sin control sobre su país, atrincherado en su residencia del Reparto El Carmen en Managua, solo con su familia y el apoyo de sus fieles partidarios que han recibido prebendas y altos puestos, desnudos de dignidad como para alejarse de la sombra del “Comandante”. A toda costa, Ortega no quiere que le pase lo que le pasó a Anastasio Somoza Debayle, el dictador al que el mismo Ortega combatió en su juventud para derrocar su sangrienta dinastía familiar que gobernó Nicaragua por 50 años. ¿Qué le pasó a Somoza? Una insurrección popular armada lo hizo salir huyendo del país un 17 de julio de 1979. Dos días después, los guerrilleros del Frente Sandinista de Liberación Nacional entraban triunfantes a Managua, y entre ellos iba Daniel.

En sus insomnes noches de ahora, el ya anciano presidente seguramente reniega de la posibilidad de que el pueblo lo eche del poder. Desde el inicio de la crisis se conformó una mesa de Diálogo Nacional entre el Gobierno y la sociedad civil, donde la Iglesia Católica es mediadora y testigo. La sociedad civil le pide al mandatario el adelanto de las elecciones o su renuncia -Ortega termina su mandato en 2021-, y el Gobierno dice que esas son “pretensiones de un golpe de Estado”. En sus insomnes noches, Ortega debe recordar que a Somoza lo echó una insurrección armada.

Pero esta insurrección actual, ahora contra su gobierno, es cívica, puesto que los estudiantes y la población civil no cuentan con más armas que su razón, su valentía, sus banderas azul y blanco y sus morteros hechizos, con los que se defienden a como pueden de las balas de plomo y de goma, de los balines y de los gases lacrimógenos con que los reprime, los hiere y los mata la fuerza policíaca y las turbas orteguistas.

Entonces, en sus insomnes noches de ahora, al oído de Ortega le debe llegar la ya pastosa voz de Rosario Murillo susurrándole: “Ya se les pasará. Son grupos minúsculos. Démosle un aleccionador castigo”. Y el Sansón seguramente meneará en aprobación su cabeza otoñal. Y logrará conciliar un poco el sueño al lado de su Dalila, sin saber que los consejos de su consorte son las tijeras que le cortarán las últimas y lánguidas fuerzas de sus ya enralecidos cabellos…

Pero este 30 de mayo de 2018 quedará como un día negro, un día de luto, un día de llanto y dolor para las madres de un país que desde el 18 de abril se ha rebelado contra el régimen autoritario de la pareja presidencial. Ese binomio Ortega-Murillo que ha abonado con maestría perversa un nepotismo sin igual, una ignominia y un oprobio repugnantes para su pueblo, que no los quiere ya.

Este día, que se supone es para celebrar, se tiñó de sangre por ocho muertes más durante la mega marcha convocada en Managua por el Movimiento Madres de Abril en honor a las madres de los jóvenes caídos bajo ataque genocida en las protestas. Al presidente se le olvidaron al parecer los ideales revolucionarios que una vez debió tener, y a la “compañera” Rosario se le olvidó la dulzura de la poesía que Dios le acomodó en algún lugar de su corazón. A ellos sólo les quedó la retórica y la demagogia, que para sus desgracias ya no las cree el pueblo. Se quedaron solos, Dalila y su Sansón.